La protección internacional de la persona por nacer

La protección internacional de la persona por nacer

(Texto de la exposición
efectuada durante el “Congreso teológico-pastoral” organizado por el Pontificio
Consejo para la Familia y realizado con ocasión del “V Encuentro Mundial de las
Familias”, Valencia, 4 al 9 de julio de 2006) – [ED, 218-1001]
Por Barra, Rodolfo Carlos

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Introducción
Ciertamente uno de los “signos de los tiempos” actuales se manifiesta en la gradual
“juridización” internacional del reconocimiento y protección de los denominados “derechos
humanos”(1). Tan es así que podríamos graficar esta situación tomando la figura
presentada por un jurista italiano contemporáneo, Antonio Cassese, quien nos habla de
los derechos humanos “como un nuevo código de la humanidad”, como una suerte de
nuevo “decálogo para siete mil millones de personas”(2).
Por desgracia –aunque se trate de un hecho comprensible, teniendo en cuenta la
debilidad de los seres humanos– es también un signo de la actualidad la tendencia a la
violación sistemática de tales derechos, permitida, tolerada o hasta impulsada por ciertos
ordenamientos nacionales. Si por “juridización” podemos entender el reconocimiento de
los derechos humanos en textos normativos del derecho internacional y, por tanto,
dotados de algún grado, siquiera elemental, de exigibilidad(3), es una obligación
imperiosa de la comunidad internacional el superar de manera efectiva la posible
indiferencia con respecto a ciertas violaciones que, en sus propios extremos, exhiben la
lógica misma de la gravedad de sus expresiones ordinarias.
Seguramente el derecho más proclamado, pero también el más violado, sea el relativo a
la vida y a la integridad personal(4). Es que sin vida humana no hay ser humano y por
tanto, no hay derechos humanos.
Por otra parte, en el mismo plano natural, espontáneo, lo primero que exigimos de los
demás es el respeto a nuestra vida y a nuestra integridad física y psíquica. No queremos
ser muertos ni ser dañados. Sabemos por mero conocimiento natural que no debemos
hacer a los otros aquello que no queremos que nos hagan a nosotros; reconocemos así la
primera obligación de la virtud de la justicia: el “derecho del otro” a la integridad de la vida,
de un “otro” que, como nosotros, es humano, por tanto el “derecho humano” a la vida.

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