La dificultad de ser madre soltera, José Luis Olaizola

La dificultad de ser madre soltera

José Luis Olaizola. Abogado y escritor.

Texto condensado de su obra: Un escritor en busca de Dios, Barcelona, Planeta, 1993, pp 129-135.              

 

 

María García -cuyo nombre no es exactamente ése- es de un pueblecito del norte de España, hija de ganaderos modestos, tan avispada y dispuesta para los estudios, que en lugar de quedarse cuidando el hato familiar -no más de una docena de vacas- decidió venirse a Madrid, a estudiar Ciencias de la Información, porque lo que a ella le gusta es escribir. Consiguió becas, algo de ayuda paterna, y así pudo cumplir su sueño: cambiar un pequeño pueblo rural, con unos pocos vecinos, por la gran capital, un piso muy modesto compartido con otras estudiantes, y la posibilidad de ser periodista y escritora.

            Cuando estudiaba segundo año de carrera sufrió una violación. ¿Qué clase de violación? Da lo mismo; en la violación no hay categorías. Todas constituyen una de las más viles agresiones de la intimidad de la persona.

            María es menuda, delgada, de rostro muy agraciado, y ojos oscuros y profundos, que se llenan de lágrimas cuando me cuenta algunas cosas. Por ejemplo, que cuando supo que estaba en estado y regresó a su pueblo natal, en busca de ayuda, tuvo la mala suerte de que su padre no lo entendió y comenzó por darle una paliza.

            – ¿Y cómo es eso, María?- me intereso porque algo hay que decir ante tan insólita reacción.

            – Pensaría que había sido por mi culpa. A veces en los pueblos se piensa así -añade a modo de disculpa-; pero cuando se dio cuenta de que todo era verdad vino lo peor.

            Lo peor fue que el padre le dijo que esas cosas se podían arreglar; debía abortar.

            – Yo no practicaba para nada la religión, ni iba por la iglesia -me explica María-, pero algo muy dentro de mí me decía que no podía suprimir una vida. Si no soy capaz de matar a una mosca ¿cómo iba a matar a un ser que lo sentía vivo? Entonces mi padre me dijo que era una egoísta, que del disgusto iba a matar a mi madre (todavía no se lo habíamos dicho), y me lo planteó casi como una disyuntiva: o la vida de un ser incierto, engendrado a la fuerza, o la vida de mi madre.

            Quizá, pienso yo y se lo comento a María, sus padres habían puesto tantas esperanzas en ella, en una carrera brillante, liberada del terruño, que sintieron que el mundo se les hundía bajo sus pies.

            – Sí -admite-, para ellos el que fuera a ser madre soltera, con una hija de padre desconocido, les parecía que me cortaba toda posibilidad de futuro. Mi padre me hacía tal presión para abortar, que acabé por decirle que lo haría, pero en Madrid, que había más medios. Y así me volví a Madrid.

            – ¿Con idea de hacerlo? -le pregunto.

            – Yo no sé lo que iba a hacer. Estaba desesperada. Mis antiguas compañeras del piso me insistían en que debía abortar. Me llevaron a una clínica en la que me dijeron que mi caso estaba clarísimo; que había sido una violación y tenía que abortar. Hasta me dieron los precios según el tipo de anestesia que me pusieran. Otros me decían que siendo un caso de violación tenía derecho a abortar gratis en la Seguridad Social. ¿Pero es que no hay otra solución?, preguntaba yo. Y todos me contestaban lo mismo: la solución más razonable es el aborto. A todo esto había dejado mi antiguo piso, porque no soportaba aquella presión, y me había ido a una pensión sólo con derecho a dormir. Estaba tan sola y triste que me habría considerado la mujer más feliz del mundo si hubiera tenido un teléfono al que poder llamar. A mi padre ya le había dicho que no iba a abortar y no quería saber nada de mí (…). Una noche estaba tan desesperada y confusa, que pensé en suicidarme, tirándome por el balcón. No veía otra salida a mi problema. Pero entonces me dije: si malo es que me quite yo la vida, peor es que se la quites al inocente que llevas dentro.

            – Bien pensado -le aplaudo.

            – Sí -admite-; pero a veces también le decía… -se queda pensativa y me aclara- lo decía a lo que llevaba dentro: si a mí no me quiere nadie, ¿quién te va a querer a ti?

            Otra vez se me pone el nudo en la gargante porque cuando estas cosas sucedían, María García sólo tenía diecinueve años y hasta un chico que salía con ella se había ido apartando, vaya usted a saber por qué, quizá porque tener una novia embarazada en tales circunstancias no es un plato de gusto. Y, sin embargo, fue ese chico, antes de apartarse del todo, quien le dio la noticia de que en la propia Facultad de Ciencias de la Información había un cura -el Capellán- que quizá pudiera echarle una mano. Porque ya hemos dicho que don Javier Cremades no se limita a ayudar sólo a los bosnios, somalíes o peruanos, sino a cuantos se crucen en su camino, comenzando por los más próximos que, como es lógico, son los propios alumnos de la Facultad.

            -Así es -me confirma María-; por aquellos días, cuando me sentía entre la vida y la muerte, escribí una carta a Dios…

            – ¡Ah! -me sorprendo-. Pero ¿tú te escribes con Dios?

            – Sí -contesta sonriente y qué gusto me da verla sonreír-; me gusta mucho escribir y le escribí una carta en la que le decía: “Dios, si existes, éste es el momento de que te presentes porque estoy desesperada; no sé si vivir, si matarme, si abortar, no sé lo que hacer”.

            – ¿Y en dónde la echaste?

            – En el buzón del bolso -me contesta como si fuera lo más natural del mundo.

            Efectivamente, María, como todas las mujeres -aunque a mí me sigue pareciendo una niña- lleva un bolso de buenas proporciones en el que cabe de todo: hasta una carta dirigida a Dios. La respuesta fue que se enteró de la existencia de don Javier, porque era de las que tampoco sabía que había capilla en la Facultad de Ciencias de la Información.

            – Me fui a verle -continúa- y cuando le cuento lo que me pasa, lo primero que hace es darme la enhorabuena porque voy a tener un hijo. ¿Tú te das cuenta? Era la primera vez, en aquellos meses de pesadilla, en la que alguien me decía algo agradable. Que en lugar de darme el pésame, me felicitaba. Por primera vez noté un consuelo interior, aunque le decía: “Pero ¿qué voy a hacer con él?” Y él me contestó: “Lo más que puede pasar es que nazca y yo me tenga que quedar con él”.

            María se emociona con el recuerdo, pero yo, en mi papel de cronista del acontecimiento, a ser posible frío y distante, decido completar la información y en la primera ocasión que tengo, le pregunto a don Javier Cremades:

            – Pero, don Javier, ¿qué pensaba usted hacer con el niño?

            – No lo sé; algo se me ocurriría. Si nacía chico le acomodaría un sitio en la ducha de mi cuarto, y si era chica, alguien encontraría que la quisiera. Lo primero que había que conseguir es que aquella criatura naciera. Por eso, le dije a la cría: “Tú no te preocupes, que mientras yo tenga un garbanzo, te lo comerás tú” (…). El dinero -me contará en otra ocasión don Javier- salía de las ayudas que solicitaba en la Facultad. “La gente se fía del cura y sabe que no se va a quedar con los cuartos. Por ejemplo, cuando se aproximaba el momento del parto, pedía ropa para una canastilla de recién nacido y recibí jerseycitos y pañales como para una docena de ellas”.

            – Eso es lo que más me costaba -puntualiza María García-; tragarme el orgullo y recibir dinero por ese conducto. Al principio me parecía humillante, pero don Javier me enseñó que había una virtud más importante que la de dar; y es la de saber recibir. Don Javier me ha enseñado muchas cosas como ésa.

            Por  fin, contra viento y marea, en el mes de agosto del 91, nació este encanto de criatura que se llama Marieta, que hace tan feliz a su madre, que da por bien empleadas todas las amarguras pasadas.

 

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