¿Salud Reproductiva o Aborto?, Juan C. Sanahuja

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Pbro. Juan C. Sanahuja Miembro correspondiente de la Pontificia Academia para la Vida.

Estas campañas son etapas del plan de reingeniería social que llevan a cabo los países centrales y se enmarcan en un proyecto de dominio totalitario que tiene como rasgo típico el ataque al hombre en sus dimensiones físicas, psicológica y espiritual. Un totalitarismo que inhibe, paraliza, congela y anestesia la capacidad de juicio personal y la toma de decisiones libres y que se introduce en las “democracias” con trampas del lenguaje que esconden continuos atentados contra la mujer y el niño, como el aborto

Después del intento fracasado de imponer un férreo control demográfico a los países del Tercer Mundo, en la I Conferencia Mundial de Población de Bucarest (1974), organizada por las Naciones Unidas, el gobierno de los Estados Unidos adoptó -entre otras- las siguientes directivas de gobierno, [1]:

1. Es necesario poner el mayor énfasis en “motivar a los dirigentes de los países en vías de desarrollo para que acepten las actividades de planificación familiar”.

2. “Se debe ayudar a esos dirigentes a integrar las políticas de población en los planes nacionales de salud, educación y desarrollo”. Esta medida, “ayudará a rebatir la acusación ideológica que los Estados Unidos están interesados en frenar el crecimiento de población de los países en desarrollo”.

3. Pero, para evitar la acusación de imperialismo anticonceptivo se decide disimular las políticas antinatalistas insistiendo en: “a) el derecho individual a determinar libre y responsablemente el espaciamiento de los hijos, y b) el derecho al desarrollo de los países pobres”.

4. Se comienza a promover una campaña “de reingeniería social para provocar cambios culturales y ‘cambiar las creencias’ (se refiere a creencias religiosas)”, obviamente para facilitar la hegemonía de los países desarrollados, tratando de neutralizar la influencia de la Iglesia Católica.

A través de las conferencias internacionales realizadas en este último decenio, la Cumbre de Río (“Eco’92”, 1992), la Conferencia Internacional de Derechos Humanos (Viena, 1993), la III Conferencia de Población de El Cairo (1994), la Cumbre de Desarrollo Social de Copenhague (1995), la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing (1995), Habitat II (Estambul, 1996), Cumbre Alimentaria Mundial (Roma, 1996), y las reuniones de seguimiento correspondientes, como El Cairo+5 en 1999, los Estados Unidos y las Naciones Unidas, apoyadas por un grupo de numerosas Organizaciones No Gubernamentales (ONG’s), intensificaron la presión antinatalista sobre los países del Tercer Mundo.

El 25 de marzo de 1995, Juan Pablo II denunció “una guerra de los poderosos contra los débiles”, (Enc. Evangelium Vitae, n. 12) (…), “el antiguo Faraón viendo como una pesadilla la presencia y el aumento de los hijos de Israel, los sometió a toda forma de opresión y ordenó que fueran asesinados todos los recién nacidos varones de las mujeres hebreas (cfr. Ex 1, 7-22). De este modo se comportan hoy no pocos poderosos de la tierra”, (Enc. Evangelium Vitae, n. 16)

Dos años antes el Sumo Pontífice había denunciado este afán totalitario de los países del Norte como “una nueva guerra fría, provocada por la carrera desenfrenada al acaparamiento y a la explotación de los recursos de la tierra por parte de unos pocos privilegiados sienta las bases para otra forma de guerra fría, entre el Norte y el Sur”, (Discurso, 8-V-93).

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