Espera y verás qué bien vive, Robert H. Bork

Espera y verás qué bien vive.

Robert H. Bork

 

En favor del aborto, y de la eutanasia, abundan los argumentos sentimentales, como el que “no parece un ser humano”, “no tiene vida independiente”, etc. Robert H. Bork, profesor de Derecho Constitucional en Yale, descubre, con ayuda de su mujer, el error impaciente de estos argumentos (The Human Life Review, invierno 1997).

 

            En un artículo sobre el aborto, James Q. Wilson escribió en la revista Commentary: “El debate moral se centra en saber en qué momento de su desarrollo el óvulo fecundado adquiere las características que le dan derecho al respeto moral”. No pensaba, aparentemente, que el cigoto resultante de la concepción gozara de tal derecho. El propio Wilson ponía un ejemplo de circunstancias difíciles en las que perdura el respeto moral: “Ante un anciano que ha sido buen marido y padre, pero que ahora yace en coma, en un estado vegetal que apenas parece vivo, experimentamos una gran duda moral a la hora de decidir si le retiramos la ayuda médica que le permite vivir”. Mi mujer escribió una carta al director de esa revista para hacer una observación: “Supongamos que el médico nos dice que en ocho meses aquel hombre podría recuperarse, ser plenamente humano, y vivir una vida normal, como individuo independiente. ¿Sería entonces razonable que le desconectásemos de ese aparato que le mantiene en vida basándonos en que su existencia actual, como la del feto, es altamente inconveniente para nosotros y que en ese momento no parece humano? No habría ninguna duda moral, sino la certeza de que obrar así sería un craso error”.

            Ciertamente, es más probable que un hombre o una mujer se negaran a apoyar un aborto si una ecografía les mostrase la imagen clara de un ser humano, en lugar de un ser insignificante con apariencia de ameba. Pero esa es una reacción instintiva, y esas reacciones no son siempre la mejor guía para las decisiones morales. También el entendimiento ha de intervenir. ¿Qué ocurriría si la biología nos convenciera de que aquella ameba, o el microscópico huevo fecundado tiene exactamente el mismo futuro, la misma capacidad de vivir una auténtica vida humana que el feto de tres meses, de siete, o el niño recién nacido? Es difícil apreciar la diferencia entre decidir “desenchufar de la máquina” al anciano comatoso que se recuperará pasados unos meses y decidir abortar. El anciano que se encuentra en esas condiciones puede no tener una apariencia humana. No siente y no se mantiene vivo sin medios artificiales. Si cambiamos nuestro ejemplo y pensamos que el anciano no fue buen marido ni buen padre de familia, sino un canalla que abandonó a sus hijos, no creo que la respuesta varíe. Matarlo seguiría siendo gravemente inmoral. El embrión, o el feto, como la persona en coma de este caso hipotético, se mostrarán pronto a la vista como seres humanos, plenamente capaces de sentir, de vivir fuera del seno materno. En ambos casos es sólo cuestión de tiempo. La diferencia estriba en que la muerte del anciano le privaría de unos años de vida, mientras que el embrión o el feto abortados pierden su vida entera.

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